sábado, 18 de septiembre de 2010

143,5 centímetros o 4 pies y 8,5 pulgadas.

"­Pido disculpas por no ser tan directo como las dos personas que me han precedido, pero tengo algo que decir. Hoy he estado en una estación de tren, y he descubierto que la distancia que
separa los raíles es de 143,5 centímetros o 4 pies y 8,5 pulgadas. ¿Por qué esta medida tan absurda? Le pedí a mi novia que descubriera la razón, y he aquí el resultado:
«Porque, al principio, cuando construyeron los primeros vagones de tren, usaron las mismas herramientas que se utilizaban para la construcción de carruajes.
»¿Por qué los carruajes tenían esa distancia entre las ruedas? Porque las antiguas carreteras se hicieron con esa medida, ya que sólo así podían circular los carruajes.
»¿ Quién decidió que las carreteras debían hacerse con esa medida? Y he aquí que, de repente,
llegamos a un pasado muy distante: los romanos, primeros grandes constructores de carre-
teras, lo decidieron. ¿Por qué razón? Los carros de guerra eran conducidos por caballos, y al
ponerlos uno al lado del otro, los animales de la raza que usaban en aquella época ocupaban
143,5 centímetros.
»De esta manera, la distancia entre los raíles que he visto hoy, usados por nuestro modernísi-
mo tren de alta velocidad, fue determinada por los romanos. Cuando los emigrantes fueron a
Estados Unidos a construir ferrocarriles, no se preguntaron si sería mejor cambiar el ancho, y
siguieron con el mismo patrón. Esto llegó a afectar incluso a la construcción de los transbor-
dadores espaciales: los ingenieros norteamericanos creían que los tanques de combustible de-
bían ser más grandes, pero eran fabricados en Utah, había que transportarlos en tren hasta el
Centro Espacial de Florida y no cabían en los túneles. Conclusión: tuvieron que resignarse a
lo que los romanos habían decidido como medida ideal.
»¿Y qué tiene eso que ver con el matrimonio?
Hice una pausa. Algunas personas no tenían ni el más mínimo interés en raíles de tren y em-
pezaban a hablar entre sí. Otras me escuchaban con total atención, entre ellas, Marie y Mi-
khail.
­Tiene mucho que ver con el matrimonio y con las dos historias que acabamos de escuchar.
En un momento dado de la historia, apareció alguien y dijo: cuando nos casamos, las dos per-
sonas deben permanecer congeladas el resto de su vida. Caminaréis el uno al lado del otro
como dos raíles, obedeciendo ese exacto patrón. Aunque algunas veces uno de los dos necesi-
te estar un poco más lejos o un poco más cerca, eso va contra las reglas. Las reglas dicen: sed
sensatos, pensad en el futuro, en los hijos. Ya no podéis cambiar, debéis ser como los raíles:
la distancia entre ellos es la misma en la estación de partida, en medio del camino o en la es-
tación de destino. No dejéis que el amor cambie, ni que crezca al principio, ni que disminuya
en el medio; es arriesgadísimo. Así pues, pasado el entusiasmo de los primeros años, mante-
ned la misma distancia, la misma solidez, la misma funcionalidad. Servís para que el tren de
la supervivencia de la especie siga hacia el futuro: vuestros hijos sólo serán felices si perma-
necéis como siempre habéis estado: a 143,5 centímetros de distancia el uno del otro. Si no es-
táis contentos con algo que nunca cambia, pensad en ellos, en los niños que habéis traído a
este mundo.
»Pensad en los vecinos. Demostrad que sois felices, que hacéis churrasco los domingos, que
veis la televisión, que ayudáis a la comunidad. Pensad en la sociedad: vestios de modo que to-
dos sepan que entre vosotros no hay conflictos. No miréis a los lados, alguien puede estar
viéndoos, y eso es una tentación, puede significar divorcio, crisis, depresión...
«Sonreíd en las fotos. Poned fotografías en la sala para que todos las vean. Cortad la hierba,
haced deporte, para poder permanecer congelados en el tiempo. Cuando el deporte ya no me jore vuestro aspecto, haceos la cirugía plástica. Pero no lo olvidéis nunca: estas reglas se esta-
blecieron en algún momento y tenéis que respetarlas. ¿Quién estableció las reglas? Eso no tie-
ne importancia, no os hagáis jamás ese tipo de preguntas, porque serán válidas siempre, aun-
que no estéis de acuerdo con ellas."

Extracción de "El Zahir" de Paulo Coelho. Sólo me queda preguntarme ¿Y si yo no quiero seguir las reglas?

viernes, 17 de septiembre de 2010

Amo el olor...


Amo el olor del café recién colado en las mañanas. Me lo suelo tomar con tus besos como edulcorante, sublime, sin calorías y con un sabor inigualable (un toque de vainilla). Adicta a la miseria de tu ausencia, melancolía de excesos de soledad. No me logro explicar como la niña del opuesto de la calle se ha caído sin poner la manos.

Debemos parecernos mucho.

Amo el olor de la madera del suelo donde permanezco tendida con el pabellón de mi oreja presionando el frío suelo, agudizando mis sentidos esperando tus pisadas de regreso. Ya no siento mi mejilla ni mis rodillas por el tiempo que llevo en esa posición, como hacía de niña en el jadín en afán de escuchar las canciones de las hormigas y oír la grama crecer. Inspiro ese olor a pino que tanto me recuerda a ti y percibo trazas de hierbabuena que derramaste ayer en la alfombra. Me aventuro a probar el salado del piso y saboreo lo amargo de las caídas. Ya sé en que me parezco tanto a esa nena.

Amo el olor de las hojas de los libros nuevos, me recuerdan al primero que me leí... y al último que leí contigo. Me recuerdan a los versos de Neruda, que muchas veces habló en tu nombre. ¿Por qué los mejores libros son los que muchas veces no entendemos? Me recuerdan a los sonetos de Shakespeare, que nunca entendí, pero que amé.

Amo el olor de la lluvia y la tierra que se riega con ella. Así como necesita los pastizales de sus gotas para florecer, necesito de tus palabras para avanzar. Cada gota de lluvia cuenta y yo trato de contarlas como hago con tus palabras cada vez que me hablas, que trato de enumerar por sílabas, consonantes, sacarle rima y análisis métrico.

Amo el olor del cuello de tu camisa, porque allí es donde haces más ahínco en colocarte el perfume. Quisiera crecer sólo unos centímetros para poder llegar más fácilmente a él. Me encanta el olor natural de tu pecho cuando hundo mi rostro en él y escuchar como tu latido se acelera cuando te digo... te tengo miedo.
Un hilo rojo, invisible, conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, a pesar del tiempo, del lugar a pesar de las circunstancias; el hilo puede tensarse o enredarse, pero nunca llegará a romperse... ♥♥♥

viernes, 10 de septiembre de 2010

No soy muy buena para la lógica, pero sé...

No soy buena para lógica, pero sé que soñar duele, porque cuando despierto mis costillas se astillan al darme cuenta que no lo hago contigo.
No soy buena para la lógica, pero sé que, si miramos sin ver, podríamos distinguir realidades a los que nos cegamos acérrimamente.
No soy buena para la lógica, pero sé que, a pesar de que Dios nos dió dos oídos y una boca, preferimos difamar que escuchar razones.
No soy buena para la lógica, pero sé que es más difícil que alguien tenga más virtudes vivo, que muerto.
No soy buena para la lógica, pero sé que la ignorancia nos puedo cobrar un alto precio.
No soy buena para la lógica, pero sé que la democracia vence al comunismo, simplemente porque no sería uno sólo el que decidiera y se repetaría a la persona como ser individual.
No soy buena para la lógica, pero sé que casa no esta lejos a donde sea que vaya, sólo si tu vienes conmigo.
No soy buena para la lógica, pero sé que cuando creemos que algo no existe es porque no lo queremos ver.
No soy buena para la lógica, pero sé que los gritos, es la forma más sutil de pedir ayuda.
No soy buena para la lógica, pero sé que el ruido más ensordecedor es el interior, que no podemos mitigar por mas fuerte que presionemos nuestras palmas en contra de nuestras orejas y que siempre nos empeñamos en ignorar.
No soy buena para la lógica, pero sé que El Coyote debería dejar de usar ACME, porque NO sirve.
No soy buena para la lógica, pero sé que cada vez que creemos conocer a alguien recibimos un puñetazo justo en medio de nuestras cejas.
No soy buena para la lógica, pero sé que merece vivir el que desea y merece libertad.
No soy buena para la lógica, pero sé que no podemos exigir cambio colectivo si no cambiamos primero nosotros mismos.
No soy buena para la lógica, pero sé que una sonrisa es un simple gesto que puede cambiar el rumbo de las cosas.
No soy buena para la lógica, pero sé que a Dios le gusta tener la razón porque sino, no tendría tanta paciencia a la hora de perdonarnos.
No soy buena para la lógica, pero sé que si nos dedicaramos a percibir con los 5 sentidos, seríamos capaces de ver que:
.- El niño asustado de la acera de al frente no está más atemorizado que el perro que le ladra desde la esquina.
.- Las cosas más valiosas son las que no podemos ver a simple vista.
.- Los besos no saben a nada, lo que tiene sabor es lo que llega a continuación.