
Amo el olor del café recién colado en las mañanas. Me lo suelo tomar con tus besos como edulcorante, sublime, sin calorías y con un sabor inigualable (un toque de vainilla). Adicta a la miseria de tu ausencia, melancolía de excesos de soledad. No me logro explicar como la niña del opuesto de la calle se ha caído sin poner la manos.
Debemos parecernos mucho.
Amo el olor de la madera del suelo donde permanezco tendida con el pabellón de mi oreja presionando el frío suelo, agudizando mis sentidos esperando tus pisadas de regreso. Ya no siento mi mejilla ni mis rodillas por el tiempo que llevo en esa posición, como hacía de niña en el jadín en afán de escuchar las canciones de las hormigas y oír la grama crecer. Inspiro ese olor a pino que tanto me recuerda a ti y percibo trazas de hierbabuena que derramaste ayer en la alfombra. Me aventuro a probar el salado del piso y saboreo lo amargo de las caídas. Ya sé en que me parezco tanto a esa nena.
Amo el olor de las hojas de los libros nuevos, me recuerdan al primero que me leí... y al último que leí contigo. Me recuerdan a los versos de Neruda, que muchas veces habló en tu nombre. ¿Por qué los mejores libros son los que muchas veces no entendemos? Me recuerdan a los sonetos de Shakespeare, que nunca entendí, pero que amé.
Amo el olor de la lluvia y la tierra que se riega con ella. Así como necesita los pastizales de sus gotas para florecer, necesito de tus palabras para avanzar. Cada gota de lluvia cuenta y yo trato de contarlas como hago con tus palabras cada vez que me hablas, que trato de enumerar por sílabas, consonantes, sacarle rima y análisis métrico.
Amo el olor del cuello de tu camisa, porque allí es donde haces más ahínco en colocarte el perfume. Quisiera crecer sólo unos centímetros para poder llegar más fácilmente a él. Me encanta el olor natural de tu pecho cuando hundo mi rostro en él y escuchar como tu latido se acelera cuando te digo... te tengo miedo.

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