domingo, 27 de febrero de 2011

3 besos ilícitos


Tengo tanto tiempo sin escribir que hasta creo que se me olvido como hacerlo, disculpen honestamente si termino con oraciones inconexas y sin un orden lógico.

Quería dejar una pequeña huella de lo que hice el viernes. Sé que es una idiotez, pero a los ojos de una niña (una niña, jajajaja) como yo, a lo mejor no tanto. Además, es la mejor excusa que tengo para escribir y dejar de un lado el estudio por unas horas.
El miércoles de la semana pasada salí completamente en un estado comatoso del parcial de metodología que había logrado exprimir hasta la última célula de mi cuerpo y absorbido hasta el último átomo de mi alma. Por supuesto, tengo la corazonada de que esta vez la profesora, jefa de cátedra y directora de la Escuela de Psicología, hizo lo que quiso conmigo en la prueba. Demasiado decepcionada de mi me sentía (y aun me siento) a las 5.00 pm después de 3 horas de examen. Que inmensas ganas de hacer una imprudencia, pero ya ni fuerzas tenía. No se como pero se me había metido de la nada la idea de probar un cigarro (si, que idiota).

Así tal cual cuando el sentimiento de fracaso te golpetea con sus nudillos en la frente y te da un sentimiento de "ya no me importa nada" quería quebrar mis principios con una tremendísima idiotez como si probar un cigarrillo se asemejara a robar algo o contestarle a un profesor. Anyway. La historia comienza el día siguiente llegando a la universidad con la idea entre mis cejas y con las monedas sudándo en mis manos, buscando un puesto abierto a las 7 a.m en toda la universidad donde vendieran un cigarro de una marca cualquiera. Obviamente no se nada de cigarro, tabaco o de ninguna substancia que podría convertirse en vicio, así que ya tenía el lugar en mente dónde podría comprar el bendito cigarro sin mediar palabra de preferencias.
Así de obvio, nada estaba abierto a esa hora. Divagué por un 15 minutos por la feria esperando a que abrieran el puesto y nada. Cualquiera que me hubiera observado más de 30 segundos pensaría que era un mocosa novata buscando un salón, dónde inscribirme o alguien que tuviese cara de saber dónde estaba parada.

Me detenía cada dos pasos y caminaba vacilante tratando de pensar dónde podía fumarlo sin que nadie conocido me viera y como responder a posibles preguntas que me hicieran sobre una marca de preferencia, todo eso al mismo tiempo que volteaba compulsivamente a revisar que no hubiera nadie conocido a unos 1km a la redonda.
Ya se acercaba la hora de entrar a clases por lo que preferí dejarlo para después. Me regresé a la entrada de la universidad en un puestito donde venden chuches y café. Preferí el café y preguntar por cigarros, sólo para descartar. No, allí tampoco vendían y lo único que gané con preguntar fue una mirada de desaprobación por parte del vendedor con una tentación de estamparme en la frente una calcomanía de no vender cigarros a menores de 18 años y debajo el slogan de "zona libre de humo". Y pensar que en ese momento podría incluso llevar una camisa de ese tipo -¿en que demonios estaba pensando?-

Más que por probar un estúpido cigarro, la cosa era violar mi propia ética. En fin, menos mal que no vendían ahí, porque al segundo de pagar mi café, llegó una de las chicas de mi grupo de la uni, que estoy segurísima que de haberme visto fumando habría extinguido el susodicho contra mi frente.
Esperé al día siguiente con las mismas monedas en los bolsillos esperando tener suerte esta vez. Entrando en la universidad, camino a mi capricho me conseguí a un viejo amigo del colegio. Nada que hacer, excepto fingir que me interesaba lo que decía sobre cosas absurdas para mí en ese instante acerca de como le estaba yendo a tal amigo en común. Absorta en mis propios asuntos no pude contener la pregunta en mis labios sobre si él fumaba (no podía quitarme el objetivo del cigarrillo). Claramente se extrañó del giro de la conversación que, evidentemente había dejado de tener un significado para mí desde hacía tiempo y respondiéndome que no y el típico por qué. Sin pensarlo le dije lo que tenía en mente y al segundo me arrepentí. Sabía que diría que era una tontería y que no lo hiciera. Era lo último que necesitaba en ese momento: alguien que me llevara la contraria, o peor, que me recordara lo super idiota que era el asunto.

Me despedí rápidamente al saber que de allí no conseguiría lo que quería. Seguí caminando aguantando la severa compulsión de preguntarle a cada persona que pasaba cerca de mi si tenía un cigarro. Era el primer día que no veía a fumadores mañaneros, la primera vez. Parecía que el mundo me estuviera jugando una broma. Vi unas chicas fumando pero preferí chequear primero si ya estaba abierto el puesto. Nada que ver. Regresé a pedirles que me vendieran un cigarro y ya se habían ido (ES ENSERIO ¿?) Después de otra cadena de sucesos resumiré al momento en que esperaba al señor a que terminara de abrir el negocio. Ya no me movería de allí hasta cumplir mi capricho y suficiente tenía por haber quedado en todos lados de la universidad como una fumadora desesperada. Tomé el primero que vi, sin ánimos de saber que marca era y lo encendí por puro aprendizaje vicario (Bandura estaría orgulloso de su teoría, aplastando a los conductistas). Nada bueno, no me gusto. Sólo lo probé dos o tres veces para aplastarlo contra el piso y botarlo casi entero. Por otras razones demasiado extensas para este post, fumé de nuevo dos veces más ese día.


Hoy, que decidí aceptar que mi fuerza se altera alrededor de tu campo gravitatorio.

1 comentario:

  1. Vengo a agradecerte tu visita y el comentario que dejaste en mi entrada. Un abrazo.

    ResponderEliminar