Lamento no haber publicado esta entrada antes, pero por cuestiones de tiempo y saneamiento mental, había evitado de alguna manera sentarme a redactar lo que ocurrió el jueves 21 de marzo de este año. Me disculpo por mi maña de irme por la tangente y no volver, ya que inicie la explicación de lo que ocurría sin terminar de relatar qué pasó ese día. De nuevo dispersándome en el texto ¿no? hahaha. En fin, me pareció importante un preámbulo que contextualizara los hechos.
Temo haber dejado que el tiempo erosionara algunos detalles importantes, pero esto fue lo que ocurrió:
El plan del día era simple: estudiantes de todo el país se reunirían en Plaza Venezuela para marchar todos juntos desde este punto al Centro Nacional Electoral (CNE) para exigir elecciones transparentes ya que para el momento era bastante obvia la parcialidad del sistema electoral, dado a que la mayoría (hablo de la totalidad menos uno) habían dejado clara su posición política. A pesar de que me había enterado el día anterior vía twitter sobre la manifestación, tenia muchas ganas de participar. La situación estaba muy descarada y había que actuar. Cancele mi cita con la psicóloga y me dispuse a encontrarle sentido a mis acciones.
Eran bastantes kilómetros de recorrido, no preciso cuantos, pero era como para pensarlo dos veces. El sol era abrasador, y para la hora que debíamos salir, todavía estábamos en la universidad. Para llegar al punto de concentración usaríamos el metro y nuestra líder estudiantil ya se estaba tardando demasiado buscando agrandar el grupo (intentaba compensar su mala organización para convocar gente). Empezaba a dudar si seria bueno ir o no. Mis compañeros del salón no se animaban y los que se suponían que iban, no estaban en la universidad. Finalmente, antes de que se me ocurriera considerar seriamente la idea de llamar a la psicóloga para preguntarle si no seria muy tarde para asistir a la evaluación, decidimos partir.
No negaré que sentía una mezcla de emoción y nervios, pues tenia algún tiempo sin marchar y nunca lo había hecho sin permiso de mis padres. Al iniciar el viaje, no tardó en sentirse la tensión en la calle. Primero, un señor (tal vez acertadamente) comento audiblemente "en Antìmano no tienen vida" (eramos un grupo poco numeroso en una estación aledaña a zonas populares). Poco después escuchamos a un oficialista dicir "ojalá los caigan a plomo" (o sea, que nos dispararan).
Este tipo de conductas no eran extrañas para mi, una niña que creció en un país donde siempre se sembró intolerancia a la disidencia, sin embargo, era bastante impactante recibir esos comentarios en primera fila, pues es en estos momentos que cargas la etiqueta en la frente.
Cuando llegamos, el sol era implacable, quemando cada centímetro de piel descubierto y se nos secaba la boca a medida que avanzábamos. La caminata fue larga... y eso que nos faltó una porción importante: no pudimos llegar a nuestro objetivo. La calle estaba completamente trancada por simpatizantes del gobierno y en menos de un segundo de darme cuenta, la gente ya empezaba a correr en dirección contraria. La verdad, no había pasado nada. Aún.
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